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viernes, 10 de septiembre de 2010

JERUSALEM Y ALEJANDRO MAGNO.



Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno (Griego: Μέγας Αλέξανδρος, Megas Alexandros; Pella, 20 ó 21 de julio de 356 a. C. – Babilonia, 13 de junio de 323 a. C.), fue el rey de Macedonia desde 336 a. C. hasta su muerte. Hijo y sucesor de Filipo II de Macedonia, en su reinado de 13 años cambió por completo la faz del mundo al conquistar el Imperio Aqueménida y dar inicio a una época de extraordinario progreso e intercambio cultural, en la que lo griego se expandió por los ámbitos mediterráneo y próximoriental. Es el llamado Período Helenístico (323-30 a.C.).

Desde temprana edad, Alejandro demostró un enorme talento militar y fue nominado comandante en el ejército de su padre a la edad de 18 años. Habiendo conquistado toda Grecia, Felipe estaba a punto de embarcarse en una campaña para invadir al archienemigo de Grecia, el Imperio Persa. Antes de invadirlos, Felipe fue asesinado, posiblemente por Alejandro, quien luego se convirtió en rey en el año 336 AEC. Dos años más tarde en 334 AEC, cruzó el Hellespont (Turquía hoy en día) con 45.000 hombres e invadió al Imperio Persa.
En tres colosales batallas – Granices, Issus y Gaugamela – entre los años 334 y 331, Alejandro brillantemente (y a menudo temerariamente) condujo a su ejército a la victoria frente al ejército persa que los superaba en número por diez a uno. En 331 AEC, el Imperio Persa fue derrotado, el Emperador Persa Darío murió, y Alejandro era el gobernante indiscutido del Mediterráneo. Su campaña militar duró 12 años y lo llevó a él y a su ejército 10.000 millas hasta el Río Indus en India.
Cuando Alejandro observó su imperio, lloró porque ya no había nada más que conquistar.
Solo el agotamiento de sus hombres y la inoportuna muerte de Alejandro el 332 AEC a la edad de 32 años, pusieron fin a la conquista griega del mundo. Se dice que cuando Alejandro observó su Imperio, lloró porque ya no había nada más que conquistar. Su vasto Imperio no sobrevivió a su muerte, sino que se fragmentó en tres grandes trozos con centros en Grecia, Egipto y Siria, y controlados por sus antiguos generales.
En su máxima expansión, el imperio de Alejandro se estiró desde Egipto hasta India. Construyó seis ciudades griegas, todas llamadas Alejandría. (Sólo la Alejandría de Egipto sobrevive hasta el día de hoy). Estas ciudades, y los griegos que se asentaron en ellas, llevaron la cultura griega al centro de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia.
Los griegos no sólo eran imperialistas militares sino que también imperialistas culturales. Los soldados y los pobladores griegos llevaron sus formas de vida – su lenguaje, arte, arquitectura, literatura y filosofía – al medio oriente. Cuando la cultura griega se mezcló con la cultura del medio oriente, se creó un nuevo hibrido cultural – Helenismo (Hellas es la palabra griega para Grecia) – cuyo impacto sería mucho más grande y duraría mucho más que el corto periodo del imperio de Alejandro. Ya sea a través de las fuertes batallas, el arte, la arquitectura o la filosofía, la influencia del Helenismo en el Imperio Romano, en el Cristianismo y en el Oeste fue monumental. Pero es la interacción entre los judíos y los griegos, y el impacto del Helenismo sobre el judaísmo lo que queremos ver más en profundidad.

Desvío Hacia Israel
Durante su campaña militar contra Persia, Alejandro se desvió hacia el sur, conquistando Tiro y luego Egipto, pasando por lo que hoy en día es Israel. Hay una historia fascinante acerca del primer encuentro entre Alejandro y los judíos de Israel, quienes se encontraban bajo el dominio del imperio persa.
La narración respecto a la primera interacción entre Alejandro y los judíos se encuentra registrada tanto en el Talmud (Yomá 69a) como en el libro "Antigüedades Judías" del historiador judío Flavio Josefo (XI, 321-47). En ambos relatos el Sumo Sacerdote del tempo de Jerusalem, temiendo que Alejandro fuera a destruir la ciudad, salió a su encuentro antes de que llegara a la ciudad. La narración describe como Alejandro, al ver al Sumo Sacerdote, se bajó de su caballo e hizo una reverencia (Alejandro raramente, quizás nunca, se postraba ante alguien). En el relato de Flavio Josefo, cuando el general Parmerio le preguntó la razón, Alejandro respondió: "No hice una reverencia ante él, sino ante el Dios que lo ha honrado con el Sumo Sacerdocio; pues he visto a esta misma persona en un sueño, con esta misma apariencia".
Como tributo a su apacible conquista, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro – el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy.
Alejandro interpretó la visión del Sumo Sacerdote como un buen presagio, y por tanto se apiado de Jerusalem, absorbiendo pacíficamente a la tierra de Israel en su creciente imperio. Como tributo a su conquista apacible, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro – el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy. Y el día de aquel encuentro, 25 de Tevet, fue declarado una festividad menor.

Judíos Y Griegos
Así comenzó una de las más interesantes y complejas relaciones culturales del mundo antiguo. Los griegos no habían conocido nunca antes a nadie como los judíos, y los judíos nunca habían conocido a nadie como los griegos. La interacción inicial parecía ser bastante positiva. Para los judíos, los griegos eran una nueva y exótica cultura del oeste. Tenían una profunda tradición intelectual que producía filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles (quien fue el tutor de Alejandro por dos años). Su amor por la sabiduría, la ciencia, el arte y la arquitectura los separaban de otras culturas con las que los judíos habían interactuado antes. El idioma griego fue considerado tan hermoso, que el Talmud lo llamó en cierta forma el más hermoso de todos los idiomas y los Rabinos declararon que un rollo de la Torá incluso podría ser escrito en griego.
Los griegos nunca habían conocido a nadie como los judíos – la única nación monoteísta que tenía un concepto único de un Dios infinito, que ama, que se preocupa por su creación y que actúa en la historia. Los judíos tenían tradiciones legales y filosóficas increíblemente profundas y complejas. Tenían una tasa de alfabetización y una infraestructura de bienestar social nunca antes vista en el mundo antiguo. Los griegos estaban tan fascinados con los judíos, que fueron los primeros en traducir la Biblia en otro idioma cuando el Rey Ptolomeo II (c. 250 AEC) obligó a 70 Rabinos a traducir la Biblia hebrea al griego (conocida como la "Septuaginta", que significa "70" en griego).

Dos imperios griegos emergieron en el medio oriente después de la muerte de Alejandro: Los Ptolomeos en Egipto y los Seléucidas en Siria. La tierra de Israel se encontraba en la frontera entre estos dos imperios. Inicialmente, los judíos se encontraban bajo el control de los Ptolomeos, pero luego de la batalla de Panias en 198 AEC, Israel pasó a estar bajo el dominio de los Seléucidas, y su rey Antíoco.
Mientras que la alta esfera de la sociedad judía, junto con el resto de la población del mundo mediterráneo, adoptó rápidamente la cultura helenista (algunos hasta el punto de renegar su identidad judía), la vasta mayoría de los judíos se mantuvieron leales al judaísmo. Este "rechazo" del estilo de vida helenista fue visto como una gran hostilidad por muchos griegos y fue considerado como una forma de rebelión. Las exóticas diferencias que alguna vez sirvieron como fuente de atracción entre las dos culturas, crearon ahora un quiebre que llevaría a una guerra civil. Para complicar las cosas, Israel era el estado fronterizo entre estos dos imperios griegos rivales, y los judíos, que rehusaban asimilarse, eran vistos como una población desleal en partes vitalmente estratégicas del Imperio Seléucida.

Sería errado ver el conflicto simplemente como Grecia contra los judíos. Tensiones internas en la comunidad judía contribuyeron de forma significativa al conflicto. Muchos de los judíos helenizados tomaron el asunto en sus manos, e intentaron "ayudar" a sus hermanos más tradicionalistas, "arrastrándolos" fuera de lo que ellos percibían como creencias primitivas, para introducirlos así al "moderno" mundo de la cultura griega. (Este patrón se ha repetido en varias ocasiones dentro de la historia judía – en Rusia en el siglo 19 y en Alemania, por nombrar algunos ejemplos). Para lograr su propósito, estos judíos helenizados solicitaron la ayuda de sus aliados griegos, incorporando finalmente al mismísimo rey, Antiocus IV Epifánes, al conflicto.

Milagro De Januca
A mediados del siglo II AEC, Antiocus publicó un decreto, que hasta ese entonces nunca había sido escuchado en el antiguo mundo multicultural y religiosamente tolerante: Derogó la religión de otras personas. El prohibió la enseñanza y la práctica del judaísmo. El libro de los macabeos (probablemente escrito por un judío cronista a principios del siglo I AEC) lo describe de la siguiente forma: mucho después, el rey mandó un senador ateniense para obligar a los judíos a abandonar la ley de sus padres y para que dejaran de vivir según las leyes de Dios, y también para profanar el Templo de Jerusalem y llamarlo el Templo del Zeus Olímpico". Macabeos 6:1-2).
La luz de Januca es simbólica de la victoria real – la supervivencia de la luz espiritual del judaísmo.
Las brutales persecuciones griegas provocaron la primera guerra religiosa/ideológica en la historia – la rebelión de los macabeos. La revuelta fue liderada por la familia sacerdotal de Matatías y sus cinco hijos, de los cuales el más famoso fue Yehudá. Contra todas las probabilidades, el diminuto ejército guerrillero de los macabeos venció al profesional, más grande y mejor equipado ejército griego. Luego de tres años de batalla, Jerusalem fue liberada. El templo, que había sido profanado, fue limpiado y dedicado nuevamente a Dios. Fue durante este periodo de limpieza y re-dedicación del Templo que ocurrió el milagro de Januca. Un pequeño frasco de aceite utilizado por el Sumo Sacerdote para encender la menorá del Templo, que debería haber sido suficiente tan sólo para un día, milagrosamente duró ocho días.

El conflicto se extendió durante varios años más y cobró la vida de muchos judíos, incluyendo Yehudá el macabeo y varios de sus hermanos. Finalmente, los griegos fueron vencidos y el judaísmo sobrevivió.
Discutiblemente, la victoria militar de los judíos por sobre el imperio griego, fue un milagro mucho más grande que el aceite que duró durante ocho días. Pero la luz de Januca simboliza la real victoria – la supervivencia de la luz espiritual del judaísmo. Su milagrosa subsistencia permitió que los judíos generaran un monumental impacto en el mundo que ha excedido por mucho el minúsculo tamaño del pueblo judío, entregándole al mundo el concepto de un Dios único y los valores de la santidad de la vida, la justicia, la paz y la responsabilidad social, que son los cimientos morales/espirituales de la civilización occidental.


Alejandro según VOLTAIRE.

Los historiadores sólo se deben ocupar hoy de Alejandro para decir algo nuevo de él, para destruir las fábulas históricas, físicas y morales que desfiguran la historia del único grande hombre que hubo entre los conquistadores de Asia.

Cuando se reflexiona sobre lo que hizo Alejandro, el cual, en la edad fogosa de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas, fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron; cuando se reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio del mundo, nos sorprende y nos extraña que Boileau le trate de loco, de ladrón de carretera, y proponga al superintendente de policía La Reynié unas veces que le encierre en una cárcel, y otras que mande que le ahorquen. Semejante petición, si se presentara en el tribunal del palacio de policía, no debía admitirse, porque se oponen a su admisión el derecho consuetudinario de París y el derecho de gentes.

Alejandro estaba «exceptuado», porque fue elegido en Corinto capitán general de la Grecia, y por su cargo debía vengar a la patria de las invasiones de los persas, y cumplió con su deber destruyendo ese Imperio. Y uniendo siempre a la magnanimidad el más extraordinario valor, respetando a la mujer y a las hijas de Darío, prisioneras suyas, no mereció de ningún modo ser encarcelado ni condenado a muerte, y si lo fuese tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.

Rollín afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro por favorecer a los judíos, enemigos de los troyanos. A pesar de esto que dice Rollín, es probable que Alejandro tuviera otras razones, entre ellas la de convenir a un capitán prudente no dejar que Tiro fuera dueña del mar mientras él se dirigía a atacar Egipto.

No cabe duda que Alejandro respetaba Jerusalén; pero paréceme que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un ejemplo raro de fidelidad, digno del único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios, negándose a entregar víveres a Alejandro, porque habían jurado ser fieles a Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos en muchas ocasiones, porque, según su ley, no debían servir a ningún rey profano.

Si se negaron imprudentemente a pagar contribuciones a su vencedor, no se negaron por ser fieles a Darío, sino porque su ley les ordenaba expresamente que miraran con horror a las naciones idólatras. En sus libros las execran continuamente, y constan en ellos las reiteradas tentativas que hicieron para sacudir su yugo. Si al principio se negaban a pagar las contribuciones, fue porque sus rivales, los samaritanos, las pagaron sin dificultad, y porque creyeron que Darío, hasta siendo vencido, era todavía bastante poderoso para sostener a Jerusalén contra Samaria.

También es falso que los judíos fueran entonces «el único pueblo que reconoció al verdadero Dios», como dice Rollín. Los samaritanos adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco que los judíos y con los mismos caracteres hebraicos, esto es, tirios, que los judíos habían perdido. El cisma que se promovió entre Samaria y Jerusalén fue, en pequeña escala, lo mismo que el cisma promovido entre los griegos y los latinos. El odio fue igual por entrambas partes, suscitado por el mismo fondo de religión.

Alejandro, en cuanto se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique, que hoy todavía causa la admiración de los inteligentes, fue a castigar a Jerusalén, que estaba cerca del camino que pensaba seguir. Los judíos, llevando al frente su sumo sacerdote, se presentaron a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma, porque es sabido que el dinero apacigua a los conquistadores irritados. Alejandro se apaciguó, y los judíos continuaron siendo vasallos suyos y de sus sucesores. Esta es la historia verdadera y verosímil.

Rollín repite un extraño cuento, tomándolo del exagerado historiador Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de la expedición de Alejandro. Pero éste merece perdón, porque trata en todas las ocasiones de defender a su desgraciada patria. Rollín dice después de Josefo que cuando el sumo sacerdote Jaddus se prosternó ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová grabado en una lámina de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como entendía perfectamente el hebreo, se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus.

Como este exceso de cortesía asombró a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a Jaddus hacía mucho tiempo; que se le apareció diez años atrás con el mismo traje y con el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista del Asia (conquista en la que no pensaba entonces); que el mismo Jaddus le excitó a pasar el Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le haría vencer a los persas. Ese cuento de vieja estaría en su sitio en la historia de Los cuatro hijos de Aymón y en la de Roberto el Diablo, pero es indigno de figurar en la vida de Alejandro.

Sería muy útil para la juventud publicar una Historia antigua bien razonada, de la que se extirpasen cuentos y absurdos. La fábula de Jaddus merecería respeto si a lo menos se encontrara en los libros sagrados; pero como ni siquiera la mencionan, nos es lícito ponerla en el ridículo que se merece.


No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de las Indias que está más acá del Ganges, y que era tributaria de los persas. Mr. Holwell, que vivió treinta años entre los brahmanes de Benarés, que aprendió su lengua moderna y su antigua lengua sagrada, nos asegura que en los anales de aquéllos está probada la invasión de Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kounha, gran bandido, gran asesino.

Esos pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo, y es creíble que pusieran igualmente sobrenombres semejantes a los reyes de Persia. Sus anales dicen que Alejandro entró en el país por la provincia que se llama hoy Bandahar, y es probable que tuviese algunas fortalezas en aquella frontera.

Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron Sind. No se encuentra en la historia de Alejandro ni un solo nombre indio. Los griegos no llamaron nunca por su propio nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe asiático; lo mismo hicieron con los egipcios: hubieran creído deshonrar la lengua griega sujetándola a una pronunciación que les parecía bárbara.

Si Flavio Josefo refirió una fábula ridícula concerniente a Alejandro y a un pontífice judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de Josefo, también quiso adornar con alguna fábula la vida de su héroe. Aumentó todavía lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro aseguran que Alejandro, al dirigirse a la India, ordenó que le adoraran, no sólo los persas, sino también los griegos. Pero es preciso saber lo que Alejandro, los persas, los griegos, Quinto Curcio y Plutarco entendían por la palabra «adorar».

Si entendemos por «adorar» invocar a un hombre como a una divinidad, ofrecerle incienso y sacrificios, erigirle altares y templos, Alejandro no exigió nada de todo eso. Si pretendió que, siendo el vencedor y el dueño de los persas, le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en ciertas ocasiones y que le trataran como a un rey persa, no pretendió nada que no fuera natural y razonable.

Los miembros de los Parlamentos de Francia hablan de rodillas a los reyes cuando presiden los tribunales de justicia. El Tercer Estado habla de rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los vasos de vino al rey de Inglaterra, y de este modo sirven a muchos reyes de Europa en su consagración. De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de la China y al emperador del Japón. Los consejeros de la China de orden inferior doblan la rodilla ante los consejeros de orden superior. Como reverencia al Papa, le besan el pie derecho. Ninguna de tales ceremonias se consideró nunca como una adoración en el sentido riguroso de la palabra; de modo que todo lo que se ha dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro está basado en un equívoco.

Sólo Octavio, que tomó por sobrenombre Augusto, mandó realmente que le adoraran, tomando la palabra en el sentido más estricto. Le erigieron templos y altares, y se conocieron sacerdotes de Augusto; fue esto un verdadero sacrilegio de adoración.

Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de los mejores ciudadanos y la suerte de una provincia han dependido con frecuencia de la buena o la mala digestión de un soberano bien o mal aconsejado.

Pero ¿cómo es posible conciliar hechos improbables que se refieren de una manera contradictoria? Unos autores dicen que Calisteno fue sentenciado a muerte y crucificado por orden de Alejandro, porque no le quiso reconocer como hijo de Júpiter. A esto debemos objetar que los griegos no usaban el suplicio de la cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después, de un exceso de gordura. Ateneo asegura que le encerraron en una jaula de hierro, como un pájaro, y en ella se lo comieron los gusanos. No es posible deducir la verdad de hechos tan contradictorios.

En la historia de Alejandro se encuentran aventuras que Quinto Curcio supone sucedidas en una ciudad y Plutarco en otra, y las dos ciudades distan una de otra quinientas leguas. Alejandro, completamente armado y solo, asalta una muralla y entra en una ciudad que estaban sitiando; esta ciudad estaba cerca de Candahar, si hemos de creer a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, si hemos de creer a Plutarco.

Cuando Alejandro llega a las costas de Malabar o al Ganges (que dista un punto de otro cerca de novecientas millas), manda que se apoderen de diez filósofos indios, que los griegos llamaban gimnosofistas, y que iban desnudos como los orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante de Visé, y les asegura con seriedad que ahorcará primero al que las resuelva peor, y así sucesivamente mandará ahorcar a los otros.

Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió matar a sus magos si no le adivinaban uno de los sueños que él había olvidado; y a la del califa de Las mil y una noches, que quería estrangular a su narradora en cuanto terminara de referirle el cuento. Plutarco es el que refiere esta tontería, y preciso es respetarla: Plutarco era griego.

Puede colocarse ese cuento al lado del envenenamiento de Alejandro por Aristóteles. Plutarco nos refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual a su vez lo había oído decir al rey Antígono, que Aristóteles envió una botella de agua de Nonacris, ciudad de la Arcadia; que esa agua era tan fría que mataba de repente a los que la bebían; que Antípatra envió dicha agua en un casco de pezuña de mulo, y por esto llegó fresca a Babilonia; que Alejandro la bebió y que murió al cabo de seis días, víctima de continua fiebre.

Aunque Plutarco lo dice, duda de la veracidad de esa anécdota. Lo que resulta probado en la historia de Alejandro es que a la edad de veinticuatro años conquistó la Persia en tres batallas; que tuvo tanto genio como valor; que cambió la faz de Asia, de Grecia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que Boileau no debía burlarse de él no siendo capaz de realizar tan gigantescas empresas ni en doble número de años.

La guerra del Peloponeso y las novedades tácticas que se iban imponiendo en los campos de combates fueron los elementos principales que en su momento acabaron con el poder de la Grecia Clásica. Atenas había sido derrotada, y Esparta, la otra gran superviviente de aquellos pueblos griegos, estaba materialmente agotada frente al empuje tebano.

Leuctra, en el año 371 a.C. y Mantinea en el 362 a.C. supusieron dos fuertes derrotas griegas frente al ejercito tebano comandado por Epanimondas. Fue el fin de la hegemonía de Atenas, y como resultado de aquella derrota, para fijar la paz en el territorio, los tebanos tomaron como rehenes a muchos hijos de altos nobles griegos. Uno de aquellos rehenes fue Filipo, padre del gran Alejandro.

Unos años después aquel joven griego se convertiría en rey de Macedonia, un pequeño territorio que formaba parte de la Grecia Clásica. Pero Filipo II volvió de su retiro tebano con las miras muy altos y una ambición fuera de control. Había aprendido muchas de las novedosas técnicas de guerra tebanas y, además, sabía que no todos los reinos eternamente. Poco a poco, en su cabeza se fue fijando la idea de hacer grande a Macedonia.

Decidido a ello, empezó a crear el que sería años después el ejército más poderoso del Mundo. Aquella ambición, aquella fuerza interior y aquél ejército formaron parte de la persona en que luego se convertiría el gran Alejandro, hijo de Filipo y de Olimpia. Había adquirido el carácter dominante y guerrero del padre con la inteligencia supina y su pequeña dosis de locura de la madre.

Cuando en el año 336 a.C. su padre Filipo fue asesinado, Alejandro se convirtió en Rey de Macedonia por derecho propio.

Nacido en Pella, en el año 356, habia sido desde muy pequeño preparado para ser rey, y aunque le faltaba la fuerza corporal que el padre le requería, sí tenía la inteligencia para saber controlar en cada momento el combate y la organización. No en balde había tenido como maestro a Aristóteles.

Filipo había conseguido unir bajo su reinado a diversos territorios a los que había conquistado, pero a su muerte, la lucha por el poder devino en rebeliones internas, que el propio Alejandro se encargó de sofocar en sus primeros años de reinado. Sin embargo, en su mente subyacía la misma idea que le había inculcado su padre, Filipo II de Macedonia: la de formar un gran ejército y vengarse de todos aquellos que pusieron de rodillas a los griegos años atrás. Quería derrotar a los persas, a los que comandaba el Rey Darío III.

En el año 334 a.C. su ambición ya no pudo más y con un pequeño ejército de apenas 35.000 soldados, se lanzó contra su enemigo. Había conseguido unir bajo su mando a los griegos y su fuerza y conocimiento se acrecentaba por meses. Y, sobre todo, el terror que ya infundía su nombre por todos lados, ya que su primera acción fue lanzarse contra los tebanos que tan severa derrota habían infringido a los atenienses y espartanos años atrás. Los tebanos fueron practicamente aniquilados y su población vendida como esclava.

Después de aquello, ningún otro poblado fue capaz de oponerse a sus designios. Ya sólo le faltaba cruzar los Dardanelos e ir a por Darío III y los sátrapas que manejaban el gobierno persa en aquella época. Era el momento de Alejandro. El momento de la Historia en que nació un gran conquistador: Alejandro Magno

Muerto su padre, Filipo II, Alejandro, a sus 16 años, se deshizo de cuantos se oponían a su reinado. Además la situación que vivía el país era extremadamente delicada, con guerras en los tres frentes: los agrianos, tracios e ilirios en el norte; los griegos por el sur; y los persas por el este.

La solución eran las guerras relámpagos; atacarles rápidamente y no dar tiempo ni a que se agruparan ni a que quedaran rodeados por uno u otro bando. Sus decisiones serían rápidas y muy medidas: acabar con las revueltas en Grecia y al norte de su país antes de marchar a Persia.

Quedaron muchos detalles de aquellas guerras que contribuyeron a darle al gran Alejandro parte de esa fama que fue alcanzando con el paso de los años, como cuando en una estrategia de genio, en las llanuras de Tesalia, rodeó al ejército griego esculpiendo ¡una escalera en la montaña! La velocidad era su mejor arma; la constancia y la movilidad de sus tropas la mejor barrena contra los enemigos, y con ellas, una y otra vez consiguió sus propósitos de irse adentrando en el continente, y ganar sus batallas sin tan siquiera tener que luchar. Finalmente, los griegos capitularon.

Darío tenía que seguir esperando a pesar de ser su gran obsesión, porque ahora tenía por delante una dura batalla contra los tracios. Alejandro Magno planeó todos y cada uno de sus enfrentamientos sin descuidar ningún detalle; enseñó a sus hombres a luchar con carros utilizando sus escudos sobre sus cabezas como carretera metálica para aquéllos; fue uno de los primero en usar armas de guerra y fue, precisamente gracias a las catapultas, como consiguió pacificar todo el sur de la Tracia antes de llegar finalmente al Danubio , y por último usó sus barcos a modo de cuña que separó a los ejércitos enemigos, evitando que las distintas tribus bárbaras pudieran reunirse. Fue, en suma, una campaña hábilmente planeada, que hizo que en poco tiempo Alejandro tuviera totalmente controlado todo el norte.

Sin embargo, su personalidad extraña y solitaria empezó a asomar cuando empezaron sus luchas al oeste, su siguiente objetivo, los persas. El Oriente siempre había sido la fascinación de Alejandro Magno. Pero antes había de rendir culto a sus dioses y ninguno mejor que Troya, el lugar donde habían luchado otros grandes héroes, Heracles y Aquiles. Allí se hicieron las ceremonias necesarias para conseguir el beneplácito de los 12 dioses a los que debía lealtad. Y con él, marchó contra Darío.

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