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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Introducción al Judaismo. Parte I

PRESENTACION

El Judaísmo es algo complejo. No podemos entenderlo en un sentido meramente religiosoporque el judaísmo no es una religión. O, dicho de otro modo, el Judaísmo es más quereligión.
El Judaísmo es un sistema que abarca todas y cada una de las fases de la vida cotidiana y las regula basándose en la Revelación que le fuera entregada a Moisés en el Monte Sinai.
Esta Revelación entraña una forma de vida relacionada con el pueblo judío en tanto éste es una unidad étnica. Esa forma de vida la encontramos en la Torá, el Pentateuco.

La aceptación de la Torá constituye el pacto entre Dios e Israel y es, en sí, el fundamento del
monoteísmo ético, la creación más original del judaísmo y su patrimonio, que se encuentra
ligado indisolublemente a la existencia del pueblo judío y del que se deriva la elección de
Israel con el objeto de conformar una nación santa que viva de acuerdo con la voluntad de
Dios expresada en la Torá.

Torá deriva de la raíz yrh, enseñar. El significado de ella es, por lo tanto, enseñanza, doctrina,
instrucción. De ahí que el estudio de la Torá sea esencial para poder comprender el modo de
vida judaico.

A lo largo de la historia y a la luz de las Escrituras, bebiendo siempre de las fuentes, el judío
lee y re‐lee, interpreta y re‐interpreta las enseñanzas para poder vivir de acuerdo a ellas.

Es importante señalar que el acercamiento al Judaísmo se hace acá desde una perspectiva
tradicional, quienes busquen el acercamiento desde la perspectiva de la historia crítica o de la
crítica bíblica pueden acceder a ella a  partir de algunos textos señalados en la bibliografía.


JUDAÍSMO, HISTORIA Y CULTURA JUDÍA

El pueblo de Israel es un pueblo que emerge en el segundo milenio antes de la era común y cuya
historia se entronca con la historia de la cultura universal a la que, sin duda alguna, ha brindado
aportes valiosos, recibiendo de ella, a su vez, influencias que han sido aprehendidas y reelaboradas
a la luz de la tradición.

Ha habido flujo y reflujo en estas relaciones, ha habido un intrincado juego de redes culturales
entre diferentes sistemas de pensamiento que debe estar presente toda vez que se desee realizar
un estudio serio de la cultura judía, cuyos anales abarcan alrededor de 4000 años.

Hablar de cultura judía es hablar de judaísmo y el judaísmo ‐como dijimos en nuestra
presentación‐ es algo complejo, que trasciende la esfera de lo propiamente religioso.

Decíamos que el judaísmo es un sistema de vida basado en la Torá, concebida ésta como Torat‐
Jayim (enseñanza de vida).

A su vez, la Torá ha sido interpretada a la luz de la tradición oral, la que se encuentra compilada
en el Talmud, palabra derivada de limed, enseñanza, y usada justamente en el sentido de enseñanza, conocimiento y estudio.

Es el Talmud el encargado de explicar y reglamentar todos los aspectos de la vida diaria con la
finalidad explícita de no transgredir la enseñanza, es decir, de no transgredir la Torá.

A lo largo de cada una de las etapas de la vida del individuo, el judaísmo no sólo estipula lo que
debe hacerse sino, además, cómo, dónde y cuándo hacerlo.

Puesto de este modo, es evidente que la forma de vida judaica se encuentre reglamentada hasta
los más mínimos detalles y que, el judaísmo, ‐visto desde afuera‐, resulte para muchos, un
sistema totalitario y absorbente.

Uno de los intentos de definición más recientes del judaísmo es la del Rabino Mordechai Kaplan,
quien lo define como una civilización y, como tal ʺ...no tiene solamente que transmitirse, tiene que transformarse a medida que surgen nuevas necesidades. Es decir, tiene que hacer algo más que conservar las glorias del pasado, debe evolucionar para afrontar el desafío del futuro... ʺ
.
Y eso es justamente lo que acontece, de allí que a la luz de la Torá y bebiendo siempre de las mismas fuentes, el judío lee y re‐lee, interpreta y re‐interpreta las enseñanzas para poder vivir de acuerdo a ellas a lo largo de su historia y fruto de ese estudio y reinterpretación, conviven al interior del judaísmo diversas posiciones.

El judaísmo y la cultura judía son entendibles a la luz de la historia del pueblo judío y para conocer esta historia, desde sus inicios, debemos adentrarnos en la lectura de la Biblia que, como bien lo sabemos, es una colección de escritos conservados desde la época en que el pueblo hebreo poseía independencia y formaba parte de su literatura nacional que, posteriormente canonizada y con el carácter de Sagradas Escrituras, constituyó la base del judaísmo.

Los hechos narrados en ella cobraron su verdadera significación histórica cuando Jean Paul Botta descubrió en el norte del actual Irak relieves de un palacio asirio.

En ese instante comenzó la gran fiebre por la arqueología bíblica y se formaron numerosas sociedades de investigación arqueológicas que, tomando como base los escritos bíblicos, procedieron a realizar excavaciones con el fin de demostrar que la ʺBiblia era verdadʺ.

De este modo, paulatinamente, el mundo fue siendo testigo de los descubrimientos que arrojaban luz a los acontecimientos relatados en dichos textos.

Con Jean Paul Botta salió a la luz el gran Sargón II, monarca asirio, vencedor de Samaria, la capital del Reino de Israel, y las inscripciones en las que se recordaban los detalles de la deportación de los israelitas.

En 1845 llegó a Mosul Henry Layard, quien se dedicó a excavar las grandes ciudades asirias:
Nínive, Kalah y Assur. Sus hallazgos fueron importantes porque incluían relieves que mostraban a otro asirio, el rey Salmanasar III, recibiendo el tributo que le entregaba Jehú, ʺel temible monarcaʺ israelita.

Al inglés Layard se debe el conocimiento del relieve que muestra a Sennaquerib asediando la ciudad de Lakish.
Citado en la Enciclopedia Judaica Castellana, vol. VI, pág. 334.
Este hecho ocurrido en el siglo VIII a.e.c. aparece narrado en l Libro 2º de Reyes cap. 17 vers. 6. Las cifras indicaban la cantidad de 27.290 prisioneros y 50 carros.
El relieve puede apreciarse en el monumento llamado El obelisco negro y, en La Biblia (TaNaJ( tiene
su co‐relato con los textos aparecidos en 1º de Reyes cap. 19 vers. 16 y 2º de Reyes caps. 9 y 10.

El suceso aconteció en el año 701 aec. Para relato bíblico ver Libro 2º de Reyes cap. 18.

En 1872, hubo una gran conmoción cuando George Smith logró traducir la primera versión cuneiforme del ʺDiluvioʺ.

Los hallazgos arqueológicos fueron en aumento. Ellos permitieron recuperar parte del patrimonio cultural de los pueblos con que, ‐en mayor o menor medida‐, se contactó Israel y sacaron a la luz personajes y temas que tienen sus paralelos en el texto bíblico.

Nada viene de la nada ni brota por generación espontánea. La Biblia es producto de su medio:
Israel no está sólo, debe estudiársele dentro del contexto de los pueblos del Medio Oriente donde se halla inserto y de las relaciones que mantuvo ‐a lo largo de toda sus historia‐ con los pueblos que lo rodeaban y, muy especialmente con el lugar desde donde se dice que habría surgido el primer patriarca: Abraham.

ʺY dijo Dios a Abraham: Vete de tu tierra y de tu parentela a la tierra que Yo te mostraré...ʺ

En Génesis 12:1 vemos a Abram convertirse en protagonista de una migración, producto de un acto de fe condicionado a las circunstancias de la época.
La historia de Abram (Abraham), siglo XVIII a.e.c., nos sitúa en plena época de Hammurabi, lo que implicaría que tanto Abraham como su familia habían asimilado la cultura súmero-babilónica mucho antes de que los hebreos formaran una nación.

El patriarca hebreo se fue de Mesopotamia por mandato divino, para dirigirse a la Tierra Prometida. Abandonó la zona pero no cortó relaciones con ella.

De hecho, hacia allá se dirigió Eliezer en busca de esposa para el hijo de su amo , También hacia esos lados huyó Jacob escapando de la ira de su hermano Esaú. Fue allí donde encontró esposa y desde allí retornó a la tierra de promisión.

El origen de esta familia patriarcal se encuentra en la Mesopotamia (actual Irak), lugar donde estuvieron insertos en el contexto socio‐cultural de la zona y, al salir de allí para dirigirse a la Tierra Prometida, llevaron consigo todo ese bagaje cultural que adaptaron a su forma y aspiración de vida, de acuerdo a su propia concepción religiosa.

El Libro de Génesis ilustra la época patriarcal, Éxodo nos entronca con la figura de Moisés y los años de esclavitud a que fueron sometidos los hebreos cuando ʺse levantó un faraón que no conoció a Joséʺ.

Egipto y Canaán son vecinos cercanos y, a no dudar, desde tiempos prehistóricos hubo entre ambas zonas un continuo intercambio y comercio. Tanto los documentos egipcios como la Biblia atestiguan la costumbre semita de entrar al Valle del Nilo en épocas de sequía, en busca de pastura para sus animales.

Si bien no se han encontrado documentos egipcios que den testimonio directo de la presencia de Israel o de los hebreos en Egipto, no lo es menos que la tradición bíblica merece crédito, un crédito que debe otorgársele porque una tradición como la que narra no puede ser inventada.

No se trata de la narración de una epopeya gloriosa que marca el inicio de un pueblo, sino del recuerdo ignominioso de una servidumbre en una tierra extraña. Algo así no puede ser más que el reflejo de una realidad lejana, pero realidad al fin, que se mantuvo viva por generaciones y que fue transmitida oralmente hasta el momento en fue puesta por escrito.

Por el lado egipcio hay una serie de condicionantes que explicarían esta falta de documentación.
Por ejemplo:

a) los contactos siempre se realizaron en la zona del Delta donde, prácticamente, no se han encontrado documentos oficiales;
b) lo que se conoce sobre Egipto está basado principalmente en textos religiosos grabados en tumbas y templos y son muy pocos los informes especiales que han llegado hasta nosotros;
c) los egipcios normalmente no distinguían a las tribus o pueblos extranjeros o cautivos, mencionándolos bajo términos generalizados, nunca específicos;
d) los anales egipcios eran siempre positivos y enfatizaban las victorias del faraón. No acostumbraban a mencionar sus derrotas y debilidades a menos que estuviesen referidas a épocas pretéritas y hubiesen sido, finalmente, de modo satisfactorio.

Por el lado bíblico, al leer los relatos que hablan de la estancia de los hebreos en Egipto, se evidencia un rico colorido local que ilustra muy bien las costumbres egipcias.

Resulta notorio que quien haya reproducido estos relatos, especialmente los relacionados con José, debió ser alguien que conocía muy bien el país y sus costumbres.


El éxodo de Egipto, siglo XIII a.e.c.‐  es el acontecimiento fundamental de la historia de Israel. Es posible  que  no  se  encuentren  datos  extra‐bíblicos  al  respecto,  pero  Israel  ha  recordado  esta liberación  en  todas  las  épocas  de  su  historia  hasta  nuestros  días,  conscientes  de  que  fue  ese acontecer el que
los transformó verdaderamente en pueblo, a través del pacto en el Monte Sinai.

ʺAhora pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre los pueblos porque mía es toda la tierra, seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa...ʺ

La santidad se consigue a través del cumplimiento de la enseñanza de la Torá, que nos entrega una serie de deberes que llevan a una vida normada por conductas que no sólo dicen relación con la adoración, el ceremonial y la justicia, sino sobre materias tales como la filantropía, la amistad personal, la amabilidad, la actividad intelectual, la creación artística, la cortesía, la conservación de la salud y la atención sobre la dieta. En estos deberes el judío ve un llamado a Dios para que ʺéste salga de su absolutismo y entre en relación personal con él para hacer al hombre más personal, más auténticamente humanoʺ.

En los libros Levítico, Números y Deuteronomio han sido compiladas, en forma exhaustiva, esas normas de comportamiento. 

Con la revelación en el Sinai las tribus devinieron en pueblo. Corresponde ahora el ingreso a Canaán, al mando de Josué, de acuerdo a lo que Dios mandó:
ʺAhora, pues, sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padresʺ.

Una historia libre en su patria, la Tierra de Israel, el paso de tribus confederadas a monarquía unificada: Es la época de Saúl, David y Salomón.

El siglo X a.e.c. fue el siglo que presenció la conquista de Jerusalem, ciudad que fue convertida en capital del reino y a la que David llevó el Arca de la Alianza.

Salomón, su sucesor, se preocupó de la construcción del Templo y de convertirla en un centro de comercio internacional. A la muerte de Salomón, el ʺrey sabioʺ, el reino se dividió. Jerusalem continuó como capital de la reducida monarquía de Judá, a la que permanecieron fieles las tribus de Judá y Benjamin, quienes aceptaron al hijo de Salomón como heredero al trono.

Las diez tribus restantes juraron lealtad a Jeroboam e instauraron el Reino de Israel, al norte, cuya capital fue Samaria. La historia independiente de ambos reinos fue sesgada por los conquistadores asirios y babilonios.

Los asirios pusieron fin al Reino de Israel y deportaron a sus habitantes, como resultado de ello se habla de las ʺdiez tribus perdidasʺ.

En el 586 a.e.c., los neobabilonios, después de largos tres años de asedio a la ciudad de Jerusalem, destruyeron el Templo, devastaron la ciudad y los sacerdotes y dirigentes fueron exiliados a Babilonia.

En este momento histórico se produjo el segundo encuentro de Israel con la cultura mesopotámica.

A diferencia de lo que aconteció con los habitantes del reino de Israel, los de Judá sobrevivieron
como judíos y el judaísmo se mantuvo a pesar del cautiverio.

Esto fue posible porque los judíos que llegaron a Babilonia poseían una colección de escritos que llegaron a ser el núcleo de la Torá y les permitió mantener vivos aquellos recuerdos que debían y querían conservar.

Sin la existencia del Templo no puede haber sacrificios que ofrendar a Dios, entonces, surgieron una serie de modificaciones importantes:

a) surgió el ʺlugar de reuniónʺ, la beit haknéset o casa de la asamblea, donde la lectura de las escrituras constituyó la base del ritual sinagogal.

b) las oraciones y algunos ayunos vinieron a reemplazar a los sacrificios.

Durante el exilio, el saber y la instrucción babilónicas fueron infiltrándose en la mente y el pensamiento hebreo de modo tal, que a su regreso, llevaron consigo diversas prácticas litúrgicas, educativas y jurídicas que adaptaron a su aspiración de vida y a su concepción religiosa.

Babilonia fue destruida a su vez por Ciro, rey de Persia:
ʺEn el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra de Adonai, por boca de Jeremías, movió Yahveh el espíritu de Ciro de Persia, que manda a publicar de palabra y por escrito en todo su reino: Así habla Ciro, rey de Persia: Yahvé, el dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra. El meha encargado que le edifique una casa en Jerusalem, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!ʺ.

Ezra, el escriba, fue el encargado de encabezar el núcleo de judíos que, ‐exiliados en Babilonia‐, decidieron retornar a su patria. Quienes regresaron encontraron una realidad que no correspondía a las imágenes idílicas de los profetas:

Había una pequeña comunidad desmoralizada, numerosos matrimonios mixtos y una población casi
abandonada en lo religioso y bastante proclive a cultos extranjeros. No obstante la desilusión, los recién llegados lucharon y trabajaron duramente. Ezra con gran energía organizó la comunidad y obtuvo de los judíos el compromiso de vivir de acuerdo a la Torá.

Cerca de 112 años vivieron en relativa paz hasta que Oriente se convulsionó con la llegada de Alejandro Magno. Alejandro representó mucho más que una mera corriente bélica victoriosa: llevó consigo la cultura helénica a Oriente y el choque cultural produjo obras de gran envergadura.



A la muerte de Alejandro, sus generales se dividieron el vasto imperio. Así fue como en Oriente Seleuco quedó con la parte norte, ‐capital Antioquía‐, y Ptolomeo heredó Egipto, con Alejandría como su capital.

Emergieron dos grandes imperios, el Seléucida y el Lágida. La lucha entre ambos poderes imperiales
fueron frecuentes y el pequeño estado judío cambió de manos varias veces.

En el siglo II a.e.c., los judíos eran tributarios de los seléucidas. Su rey, Antíoco, estableció que sólo Zeus podía ser objeto de adoración y colocó una estatua de esta divinidad en el Templo de Jerusalem para que se
le rindiera culto.

La rebelión surgió en el norte, en Modiín, encabezada por Matatías, de la familia de los hasmoneos. La victoria llegó recién en el 165 a.e.c..

Luego de una época de monarquía idumea y de procuradores romanos. Roma envió tropas a esa zona para imponer el orden.
Después de tres años de asedio, un 9 de Av del año 70 e.c., los romanos abrieron una brecha en los muros de Jerusalem e ingresaron a ella victoriosos. Los romanos conquistaron y avanzaron al interior de la ciudad
e incendiaron el Templo. Más tarde, prohibieron a los judíos residir en Jerusalem y la expulsión, por edicto, dio origen a la gran Diáspora, el Galut.

Así se inició la segunda fase de la historia de este pueblo.

En Oriente y Occidente se instalaron comunidades judías que vivieron en barrios cerrados y acorde a sus tradiciones y costumbres.

En Europa, la existencia de núcleos de judíos está comprobado desde fines de la época bíblica.
Su número fue en aumento gracias a las conversiones, la deportación de prisioneros de guerra y las migraciones pacíficas hacia la capital del Imperio.

Comunidades establecidas con todos los requisitos que precisa una comunidad judía se encuentran en Europa sólo a contar del siglo III.

La situación de los judíos fue cambiando con el tiempo. En un comienzo, cuando el Imperio Romano era todavía pagano, los judíos eran tratados con tolerancia y el judaísmo era considerado una ʺreligio lícitaʺ.

Esta situación cambió cuando el Cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio.
Desde entonces se comenzó a vivir un clima de intolerancia y la Iglesia Católica empezó a
desarrollar, lentamente, un código antijudío que alcanzó su forma definitiva en el Concilio de
Letrán en 1215. Las restricciones que el Concilio impuso a los judíos se vieron reforzadas por el
prejuicio popular.

En Oriente las cosas no se dieron mejor. Los judíos vivían inmersos en un sistema totalitario cuyos habitantes dividieron el mundo en dos partes.

La primera, aquella donde domina el Islam y en la que no hay lugar para la existencia de herejes
(Dar‐ul‐Islam), y, la segunda, el resto del mundo, contra el cual los musulmanes estaban en
guerra con el objeto de conquistarlo e imponer el Islam (Dar‐ul‐jarb).

La guerra contra esta parte del mundo es una guerra santa (Djihad) a la que está obligado el musulmán en defensa de su comunidad y de la propagación de su fe.

En este mundo del Islam, se tolera a los que pertenecen al Pueblo del Libro (ahl‐ul‐kitab) en calidad de ʺDhimmiʺ.

La designación de ʺdhimmiʺ se otorga tanto a los judíos como a los cristianos que habitan en
países gobernados por el Islam. La calidad de dhimmi permite la posibilidad de vivir en el seno
del mundo islámico basándose en un sistema, debidamente establecido desde el punto de vista
jurídico‐legal‐religioso, que les asegura protección a cambio del pago de un impuesto: la ʺgiziáʺ.

Diferente fue en Occidente, donde a partir del siglo XVIII se evidenciaron cambios que
influyeron en la actitud de la sociedad hacia los judíos.

Una atmósfera más tolerante comenzó a respirarse desde entonces. Es posible que se debiera, entre otros factores‐, a una nueva concepción de estado, donde éste deviene en soberano y propugna su propio desarrollo incrementando su poderío político y económico. Se impone la ʺraison dʹétatʺ.

Comienza a palparse este cambio de actitud y en diferentes países de Europa se alzaron las voces de prominentes hombres. Es así como encontramos a Wilhelm Dohm (Austria), quien expuso el problema de la falta de derechos de los judíos y aseguró la utilidad que éstos pueden prestar al gobierno.

Jean Bodin ‐en Francia‐ hizo presente a las autoridades el principio de la razón de Estado. Hugo Grotius ‐en Holanda‐ se preocupó de estudiar ‐a petición expresa del gobierno holandés la situación de los judíos y planteó una serie de proposiciones tendientes a mejorar y elevar su condición.

John Toland ‐en Inglaterra‐ destacaba en sus obras que los judíos no perseguían poder político, cívico o religioso.

Luzatto, en Italia, señalaba que los judíos tenían derecho a ser tratados como ciudadanos en los lugares donde residían y donde ʺfueran mejor usados y tuvieran mayor seguridadʺ.

Se dio inicio a los Tiempos Modernos donde encontramos el marco necesario para el surgimiento de diversas corrientes de pensamiento judaico como lo son, entre otras, el Iluminismo, Jasidismo, Ortodoxia, Reformismo y, por supuesto, el Sionismo.

Largo sería aquí referirnos a cada una de ellas, a sus iniciadores y seguidores . Como así mismo,
el detenernos a analizar los cambios que produjeron una nueva serie de valoraciones y los
sucesos históricos entroncados con ellos y con el cambio de actitud hacia los judíos

La Emancipación abatió los muros de los ghettos. Sus habitantes, en mayor o menor medida,
comenzaron a integrarse a la sociedad circundante.

Las matemáticas, las ciencias naturales, la historia y la lengua del país donde residían ‐entre
otras‐ fueron disciplinas que se sumaron a la tradicional enseñanza del Talmud Torá que se
impartía en el jéder.

En algunos lugares antes, en otros después, no sin esfuerzo, los judíos devinieron en ciudadanos.
Sin importar el tiempo ni el lugar, en sus pensamientos, en sus oraciones, en su vida diaria, Sión
estaba presente. Eretz Israel era fuente de inspiración y de esperanza: esperanza que tomó
cuerpo en el siglo XIX de esta era, cuando en Basilea Theodor Herzl sentó las bases del que
llegaría a ser el Estado de Israel.

ʺTodo es eterno‐había dicho Herzl‐hasta mis sueños, porque otros los soñaran cuando yo no esté...ʺ

Herzl ha sido uno de los mas grandes visionarios de todos los tiempos. Un profeta con una fuerza y vitalidad generadora.

Su sueño fue la concreción de un estado judío con Jerusalem como su capital.

En su novela Altneuland, que ha llegado a ser el símbolo del Israel moderno, da una visión de
como él prevé la vida en esa ʺvieja‐nueva patriaʺ.

En el Estado Judío expresa su pensamiento respecto de la creación de un estado, diseña una
bandera, determina el número de horas que debe durar la jornada de trabajo e incluso llega a
decir de qué modo se iría poblando dicho estado.

ʺIm tirtzú ein‐zo agadáʺ (si lo deseáis no será una leyenda)

Así se hizo realidad la redención de Israel en su tierra, tercera etapa en la historia de este
pueblo. La Historia del Moderno estado de Israel en 1948.

La historia de Israel, como es de esperar, incluye a partir de entonces, la vida de los Judíos en el
Estado Judío o Estado de Israel y en la Diáspora.



Gracias a ANA MARIA TAPIA‐ADLER

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  E.B.G. Jacob Uriel Escalera  M.:.M.:. 
  A.·. L.·. MMXIII   Shalom aleijem

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